La nueva tiranía

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La nueva tiranía – Coloquios en el Parque II
por Juan Manuel de Prada

 

La Navidad es una guerra sin cuartel, pero cuando venía hacia aquí, reparé en las palabras que ilustran la iluminación navideña: paz, reposo, calma… ¡Parecía el prospecto de la morfina! Así nos quiere la nueva tiranía: sosegados. Los católicos estamos muy mal organizados. Nos faltan carismas; por ejemplo, el del gamberro, que se dedicara a destrozar la iluminación navideña.

Cuando hablo de la nueva tiranía, siempre hay alguien que pregunta: ¿Quién organiza todo esto? Y me asombra en foros católicos, porque esta tiranía, como todas, está organizada por el mismo tirano, que no es Zapatero…

La nueva tiranía tiene formas extraordinariamente atractivas y goza de un respaldo del que ninguna otra ha gozado. Hay ilusos que piensan que la democracia es una superación de la tiranía, pero la tiranía no es una forma de gobierno, sino la corrupción de cualquier forma de gobierno. La que florece bajo forma democrática no se distingue por reprimir, prohibir y negar, sino por exaltar, permitir, conceder… De tal manera que, en su aspecto externo, es exactamente lo contrario de una tiranía. Sin embargo, su finalidad es la misma: crear una sociedad nueva, con un hombre nuevo, lo que, traducido al román paladino, consiste en meter a las personas en una máquina de picar carne, apretar el botón, hacer una papilla humana y hacer nuevas personas con esa papilla, todas ellas igualitas.

En las tiranías clásicas, los hombres tenían la conciencia de que estaban siendo oprimidos, y la nostalgia de la libertad perdida les hacía buscar esos ámbitos en donde esa libertad era posible. Por esa razón, bajo esos regímenes crueles, la religión seguía viva, aunque fuera en las catacumbas.
La nueva tiranía nos permite convertir nuestros deseos y caprichos en derechos sacrosantos, que sólo ella nos garantiza. Así es como nos esclaviza. Pero antes, tiene que desvincular a las personas, en primer lugar, atacando a la familia, que descalifica como tradicional. Pero tradicional viene de tradición. La familia siempre es tradicional, porque es en ella donde siempre nos hemos transmitido afectos, conocimientos, la fe, la propia vida… ¡Somos libres!, nos dice. ¡Nuestros deseos se tienen que respetar! Y cuando no somos capaces de satisfacer nuestras pulsiones, identificamos al otro con aquel que nos impide desarrollarnos.
Esa labor se completa con la destrucción de la escuela tradicional, que la nueva tiranía ha destruido por completo. En primer lugar, destruyendo el saber humanístico, para convertirnos en burbujitas metiditas en su ordenador y encantadas de haberse conocido. En el fondo, esa asignatura de Educación para la ciudadanía no es más que la guinda de un pastel que se lleva cocinando mucho tiempo. Se niega la capacidad de que las personas se puedan explicar a sí mismas, se niega su genealogía espiritual y cultural, y una vez que se han convertido en átomos desvalidos que se mueven en el vacío, llega el poder y les dice: No te preocupes, yo te doy Educación para la ciudadanía para que seas bueno.

Los sucedáneos de la fe

La nueva tiranía tiene también que romper el vínculo del hombre con Dios, el sentido religioso. Esto es lo más difícil, porque el hombre, por naturaleza, siente una vocación irrefrenable hacia Dios. En la oscuridad, a lo largo de los milenios, expresó esa vocación de mil maneras, de forma confusa, hasta que Dios se hizo hombre y se lo explicó. Pero la vocación estuvo presente en todas las civilizaciones.
La nueva tiranía debe darle al hombre un sucedáneo de la fe. El primero es la ideología. El caso más gráfico es el de las ideologías nacionalistas. Si piensan ustedes en la tierra vasca, no ha habido otra donde la fe fuera más fuerte y hermosa. Y llegó el nacionalismo, corroyendo la fe de los vascos, hasta que la ideología se ha convertido en su religión.
Pero hay otros sucedáneos. Mediante el dinero, los hombres a los que les ha sido arrebatada su fe pueden procurarse su inyección de morfina. Otro sucedáneo poderosísimo es la exaltación de la sexualidad hasta la saturación. Chesterton decía que se avecinaba una religión que exaltaría la lujuria y prohibiría la fecundidad. Esa religión ya la tenemos hoy aquí.

Hay quien compara nuestra época con la de los primeros cristianos, y dice: «Ser cristiano es tan difícil como en la época de las persecuciones». ¡Falso! Es muchísimo más difícil. Entonces un ciudadano romano podía irse a vivir al campo y educar allí a sus hijos como quisiera. Hoy, los hipervínculos que establece la nueva tiranía son insoslayables. ¿Cómo vamos a impedir que nuestros hijos vean la televisión o tengan un ordenador?
No tenemos capacidad para escapar. ¿O sí? Nuestra capacidad de escapar pasa por restaurar esos vínculos que la nueva tiranía pretende romper; por restaurar todo aquello que la tiranía califica de represor, precisamente porque ahí está nuestra verdadera libertad: nuestros vínculos familiares, nuestros vínculos con Dios, recuperar el sentido verdadero de la educación… Y en la medida en que los tiranizados vean en nosotros que no tenemos ese vacío que ellos sí tienen, nuestra libertad les resultará atractiva. Ahora bien: debemos recordar que Jesús no nos prometió la victoria en esta vida. Ésta es la expresión más dura de nuestra fe cristiana.