Educación en la Caridad

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Educación en la Caridad por Juan Pablo II y Benedicto XVI

 

Con los ojos de Cristo

El amor al prójimo consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. (…) Más allá de la apariencia exterior del otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas de ello, y aceptándolo tal vez por exigencias políticas. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita.

 

Benedicto XVI

 

Solidaridad universal

La llamada de Cristo a abrirse “al otro” (…), tiene un radio de extensión que siempre es concreto y siempre es universal. Tiene que ver con cada uno porque se refiere a todos. La medida de esta apertura no es sólo —y no es tanto— la cercanía del otro, cuanto precisamente sus necesidades: tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo, en la cárcel, enfermo…
Respondamos a esta llamada buscando al hombre que sufre, siguiéndolo hasta más allá de las fronteras de los Estados y continentes. De este modo se crea —a través del corazón de cada uno de nosotros— esa dimensión universal de la solidaridad humana. La misión de la Iglesia es custodiar esta dimensión: no limitarse a algunas fronteras, a algunas orientaciones políticas, a algunos sistemas. Custodiar la solidaridad humana universal sobre todo con quienes sufren; conservarla con respeto a Cristo que precisamente ha formado de una vez para siempre tal dimensión de solidaridad con el hombre: “La caridad de Cristo nos impele, persuadidos como estamos de que, si uno murió por todos, entonces todos han muerto; y murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí, sino para Aquel que por ellos murió y resucitó” (2 Cor 5, 14 s.).

 

Juan Pablo II